Los signos de la historia

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De personalidades ilustres en Congresos y otras plazas

La indudable belleza de nuestra patria, la nobleza de nuestro pueblo y el anhelo de tener una tierra maravillosa en donde todos tengan las mismas oportunidades, no pueden dejar que pasemos lo que en este blogger vamos a llamar “los signos de la historia“, a propósito de la visita de las víctimas de la violencia a los recintos del Congreso de la República de Colombia el pasado 24 de julio.

Por Albeiro Rodas

Decía Lisinia Collazos, una líder paez (cf. El Tiempo), que veía muchas sillas vacías, las mismas que deberían estar ocupadas por los “padres de la Patria“, es decir, los congresistas, para escuchar de primera voz la realidad escabroza del conflicto colombiano. Es posible que las víctimas de los paras y de la guerrilla hayan sentido el portazo del Congreso como una señal de abandono total en su drama, pero no es así. Por el contrario, a mis ojos constituye el signo más estupendo de la historia de Colombia, condenada a estos 197 años de soledad, como dijimos varios párrafos atras para conmemorar el 20 de julio. Es que el 20 de julio fue conmemorado este año justamente el 24 y no el 20 y de tajo en el Congreso de la República. Ya me explico.

La historia es el juez más implacable. Es posible engañar a todo un sistema judicial en un país, es posible sobornar y tapar con dólares los conductos de la justicia, es posible destruir las bases de la moral y aterrorizar a todo un pueblo, es posible incluso enmascarar el crimen con nobles ideales, pero los ojos de la historia, silenciosos y trascendentales, no caen en semejantes tretas. Incluso es posible re-escribir todos los libros de historia a la manera de los interesados, y ello de hecho se ha intentado muchas veces, pero ni esos libros falsos de la realidad sobrepasan al libro eterno de la historia.

El 24 de julio de 2007 deberá entrar algún día entonces como uno de los más importantes de la historia colombiana del siglo XXI, a 197 años del Grito de Independencia. Si uno fue un Grito incendiario que rasgó los lazos de la tiranía trasoceánica, el de esta semana puede ser el Grito de la Paz que tanto esperamos los colombianos. Fue un Grito proferido por los colombianos más oprimidos de nuestros tiempos, los más aterrorizados, los más lanzados al abismo de la desesperanza. Ellos pueden llegar a ser los nuevos padres de la Patria en paz, por su valentía, no menos que la de Bolívar en Boyacá con su ejército de raidos para cortar el paso de la muy real infantería reconquistadora.

Es que los congresistas que abandonaron el recinto constituyen el signo más maravilloso de los últimos tiempos en esta historia macabra de dramas y violencias. La presencia de las víctimas de la violencia más brutal, inhumana y despiadada en el espacio que se supone heredero de los sueños del Libertador y de los héroes queridos de la Patria, fue una presencia poderosa, esperada y querida, mientras que aquellos que abandonaron la reunión más importante de principios de este siglo en Colombia, demostraron con ello su verdadera identidad y cuán indignos son de sentarse en el recinto sagrado de las leyes enarbolando la Bandera que nos dejaron aquellos que la tejieron con su sangre. No se puede soportar la historia. Mirarla a los ojos causa espaviento en aquellos que le tienen cuentas o en aquellos que no sienten amor verdadero por la justicia, la paz y el progreso. Sentados sí con los amos de la violencia, no pueden tolerar el Grito de la Libertad.

Ese momento requiere un enorme cuidado. Es necesario registrarlo, porque os aseguro que volverá a ser citado. Ese momento revela la debilidad de nuestras instituciones y su afan de fortalecerse en la parafernalia del sofisma. Revela cuán baja es nuestra cultura política de votar por cualquiera que pinte el afiche más bonito y reparta más almuerzos en las veredas y pueblos. Revela cómo es que le damos la batuta de liderar una cosa tan delicada como las leyes y la democracia, a personas incapaces de dolerse con su propio pueblo. Si ello hubiera pasado en muchos otros congresos del mundo, los que curiosamente se llaman padres de la Patria hubiesen ido a abrazar a las víctimas de la violencia, les hubieran dado los puestos de honor, les hubieran dicho todos al unísono, sin distinción de partidos políticos, que el Congreso de su país no va a hacer todo lo posible por reparar el dolor, sino que lo va a hacer, porque ellos son primero. Que bien que se relacione ese momento con la intervención de los jefes paramilitares algunos años hace para que el contraste de los signos de la historia hablen por sí solos ante todo el mundo.

Decía Elizabeth Burgos, para explicar porqué el comunismo francés comenzaba a ser más crítico de Castro, que en una manifestación en París frente a la Embajada de Cuba para exigir la liberación de periodistas retenidos por el régimen, que el embajador salió con sus esbirros y nos pegó con cabillas: “Los franceses quedaron traumatizados con ese evento, decían ´si esta gente era capaz de hacer eso en París, imagínense lo que hacen en La Habana” (El Nacional). Esos son los signos de la historia. Esos son los que hablan más que un millón de intelectuales humanistas o no tanto, más que trillones de periodistas en toneladas de papel, más que billones de ondas de radio por el aire. Ese es el momento maravilloso cuando habla la historia y ya nadie la puede rebatir. Decía nuestro prócer Antonio Nariño: “Qué se diría de unos hombres que viendo asaltar su casa por los ladrones, se pusiera a disputar con sutilezas los derechos que cada uno tenía para vivir en esta sala o en la otra.” Este Nariño simplemente hubiese besado las manos de las víctimas, las mismas que este 24 de julio se ganaron el título de Padres de la Patria, por encima de tantos que lo habían comprado, pero que lo dejaron tirado en el recinto que no se merecen.

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