Colombia: muchos países

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Columnista

Por Cecilia López Montaño
Senadora de la República
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Bogotá. Si algo quedó claro en la reciente Convención Bancaria es que la sociedad colombiana es un conjunto de países que poco o nada interactúan entre sí. Está el país del sector financiero y de las grandes empresas nacionales y multinacionales que hoy viven más contentas que nunca con el alto crecimiento del primer trimestre del año, 8%. A ese país le está yendo tan bien que cree, como lo mostraron las encuestas limitadas que hicieron en el desarrollo del mismo evento, que el único mandatario posible es el señor presidente Uribe. ¿Listos para un tercer período presidencial? Parecería que sí.
Pero además, las palabras del señor presidente Uribe, pronunciadas en la clausura de este encuentro, los debe tener aún más contentos. “Si hay que escoger entre estímulo a la inversión o estímulo al empleo, yo prefiero el estímulo a la inversión porque este traerá empleo”, afirmó el primer mandatario. No parece preocuparle una realidad que sí trasnocha a los economistas: la inversión crece, la economía también pero el empleo no parece reaccionar de la misma manera. Es decir, el fenómeno de crecimiento sin empleo que parece ser un claro problema de las economías actuales incluyendo la de Colombia, no está entre las preocupaciones del Gobierno actual.


Pero al otro extremo está ese país donde viven las víctimas del conflicto. La mayoría está compuesta por gente humilde, campesinos, que ni siquiera cuentan con la verdadera solidaridad nacional y que han perdido parte de sus familias y con frecuencia sus tierras, arrebatadas por los violentos. Los tres millones de desplazados son parte de este inmenso grupo no cuantificado de personas y aunque sí están en la memoria de los colombianos, son solo eso: un número de desventurados que deambulan por las calles de las principales ciudades del país recibiendo, cuando les va bien, tristes limosnas. A ellos no les llega la bonanza, no hay una clara institucionalidad lista para resolver no sólo su emergencia sino su pobre vida. Qué lejos están ellos de los banqueros, de los exitosos empresarios colombianos y extranjeros. Este es otro país.
La mayoría de la población rural, no las islas de modernidad que existen en el campo cuyos actores viven en las ciudades, conforman otra realidad nacional. Las últimas cifras del Dane que muestran el boom de la construcción y la dinámica de la industria, también señalan que el sector agropecuario solo crece el 1,6% frente al 8% del promedio de la economía. Pero además, nada demuestra que la educación y la salud que reciben hayan superado los límites precarios que siempre han tenido. Viven dentro del escenario natural de la guerra pero la destrucción de su infraestructura, de sus vidas, de su sustento es una realidad muy lejana para la Colombia pujante.


Más aún, algunos empresarios rurales de la agricultura moderna se atreven a afirmar frente a ese campesino poco productivo, según ellos, que han surgido los ejércitos de los paras, que sí saben trabajar, que sí entienden las demandas de un mundo competitivo. Y queda entonces el país de la menguada clase media, para quienes la bonanza es tan lejana, como la miseria para los sectores urbanos de altos ingresos.


Estas dicotomías son características de América Latina, la región más desigual del planeta. El problema surge cuando no interactúan, cuando no se reconocen y cuando, como en Colombia, solo el país próspero toma las decisiones.
Las personas sumidas en la miseria, que se colocan a la entrada de las grandes fiestas de ese sector, no solo no reciben ni una moneda, sino que las miran pero no las ven. Otros países como Chile, que era como esta sociedad colombiana de hoy, logró hablar, logró realizar pactos sociales para cambiar estas realidades y hoy tiene el nivel más bajo de pobreza en la Región.
Se dice con razón que la gran diferencia es que Colombia tiene el narcotráfico que alimenta un conflicto que ayuda a fraccionar esta sociedad. Esto es verdad, pero a Colombia le ayudaría mucho que estos diversos países encontraran un norte común, se reconocieran, se valoraran y para ello se requiere una dirigencia dispuesta a hacerlo y no ha ahondar las diferencias. ¿Será mucho pedir?

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